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Hay tres tipos de mentiras: mentiras, grandes mentiras y estadísticas” (Mark Twain, Benjamin Disraeli o, incluso, Leonard H. Courtney)

Hoy celebramos el DÍA DEL LIBRO, y éste es uno de esos días en los que se nos muestran listas y datos relacionados con la cultura: Cuáles son los libros más vendidos, cuánta gente lee, compra libros… un buen día, en definitiva, para que nos sorprendan algunos de esos llamados “datos y estadísticas culturales”. A veces, no nos resultan especialmente intuitivos los resultados de esas listas-encuestas-datos. Parece que, por ejemplo, durante años una guía de carreteras se jactaba de ser uno de los libros más vendidos por encima de los llamados autores consagrados. Internet y los navegadores corrigieron ese elemento contra intuitivo; pero ahora aparecen otros títulos firmados por desconocidos (para la crítica) tuiteros, y los medios glosan las listas de libros más vendidos apuntando a que la “cultura popular” y la propia crítica caminan en direcciones divergentes.

Leemos, por otra parte, un estudio publicado por una ONG británica, la Reading Agency, que sugiere que dos de cada cinco personas (más de un 40 %) miente (“stretch the truth”) cuando responde a encuestas sobre hábitos de lectura. El porcentaje sube a un 60 % si hablamos de los jóvenes. ¿Ocurrirá lo mismo en España? ¿Cómo de FIABLES son los datos de la Encuesta de Hábitos y Prácticas Culturales?

En tercer lugar, siguiendo con los datos y la propia Encuesta de Hábitos y Prácticas Culturales en España, vemos que en dicha publicación hay datos que podrían resultarnos llamativos. Por ejemplo, respecto de las personas que han realizado alguna actividad artística en el último año (2015), el mayor porcentaje se sitúa en el epígrafe “hacer fotografía” (un 28.9 % de la población), y en segundo lugar “hacer vídeo” (un 15 %). En 2007, “hacer vídeo” (un 5.9 % de la población) también se situaba por detrás de “hacer fotografía”, pero, además, detrás de “escribir”, “pintar o dibujar” o “tocar un instrumento”. El dato nos dice que, desde hace unos años y de manera mayúscula, han aumentado las personas que ‘han realizado un vídeo en el último año’ tanto en valores absolutos como relativos. Un dato significativo que, probablemente, esté relacionado con el auge y la generalización de dispositivos móviles con los que realizar estos vídeos. Con esta banal argumentación sólo queremos indicar que los datos necesitan un contexto.

Estas tres ideas nos llevan, provisionalmente, a tres conclusiones:

  1. Los datos sirven para esclarecer, para ir más allá de la intuición o para dotarla de razón, sin embargo,
  2. Podemos dudar de la fiabilidad de los datos, porque,
  3. Los datos por sí mismos no nos dicen nada, necesitan un soporte teórico previo (HASTA EN LA PROPIA TOMA DE DATOS, QUE PUEDE CONDICIONARLOS), un contexto y una explicación posterior.

Para analizar la relación de los datos con el hecho cultural nos remontaremos en el tiempo. En 1966 Baumol y Bowen publican Performing Arts: The Economic Dilemma, el punto de partida de la economía de la cultura tal y como la entendemos hoy. Aunque la disciplina puede condensarse en el análisis del impacto y las relaciones económicas producidas por las manifestaciones culturales, con la economía de la cultura, tangencialmente, y la aplicación de técnicas econométricas también se hizo necesario acudir a los análisis cuantitativos y matemáticos para explicar los fenómenos y productos culturales. De hecho, la propia economía, ciencia social, no se entiende sin estos análisis. Adentrándonos en nuestro campo de reflexión: el hecho cultural y la metodología de las ciencias sociales están estrechamente relacionados. Sirva como ejemplo, y traído a nuestra reflexión sobre medida, datos y números, en el caso de pretender analizar las políticas culturales aplicadas en un territorio, las ciencias sociales deben dar respuesta a, entre otros, ¿Cuánto? Lo que significa cómo podemos estimar, medir, calibrar, las políticas culturales a través de sus recursos, sus procesos, sus resultados y sus impactos” (Cultura. Estrategia para el desarrollo local; Pau Rausell (Dir); 2007).

Situado el contexto, nos aproximamos a él a través de dos caminos. Una primera linde en la que, dada la hegemonía del sistema económico imperante, la cultura y sus manifestaciones se convierten también en productos de mercado; quedan cosificadas y vendidas al mejor postor. Una segunda, ética, social y científicamente (más) aceptable, inevitable y necesaria con la aplicación de la metodología científica a las “ciencias sociales” (denominadas ciencias a pesar del apellido, como las matemáticas y la física). La tendencia de la aplicación de metodologías científicas (con análisis de datos cuantitativos) a lo que hoy conocemos como ciencias sociales es tan antigua como la propia ciencia y, hasta hoy, ha ido ganando la partida. Y ha ganado la partida porque, hasta ahora ha funcionado. La metodología científica, las herramientas matemáticas y la búsqueda de datos funcionan y son útiles como “lenguajes para leer la realidad”, también cuando nos referimos al hecho cultural.

Explorar y predecir los fenómenos naturales, inducir en la naturaleza modos de proceder que más nos convengan para ciertos fines, implica necesariamente el conocimiento y dominio de los patrones y modelos que subyacen a su estructura. La matemática es la técnica más poderosa para el dominio conceptual y práctico de tales patrones, dondequiera se encuentren. Allá donde haya un modelo inteligible, tal es la fe pitagórica que hoy profesa nuestra civilización, ahí puede acudir la matemática para iluminarlo”. Así se expresaba el matemático y catedrático de la UCM hasta su fallecimiento en 2004, Miguel de Guzmán en “La matematización de la cultura”, un artículo publicado en SABER/Leer, Revista crítica de libros en 1988, sobre el sentido de la tendencia la matematización de los fenómenos naturales y culturales. De esta manera, podemos afirmar que la cultura y su producto pueden hacerse inteligibles y ser conocidos y aprehendidos gracias a las herramientas cuantitativas. Es más, no sólo la cultura, “hay en el aire una especie de acto de fe en que si algún fenómeno escapa hoy a nuestras herramientas conceptuales matemáticas, se pueden crear ciertamente otras que superarán este desafío” (Ibídem). Pretendemos ahora, situar estas herramientas y datos en su contexto.

Y, de esta manera, volvemos a nuestros “datos culturales”. Los datos nos ofrecen una información fundamental para conocer el impacto de la cultura. No sólo el impacto económico sino, yendo más allá, la incidencia en nuestra sociedad que tienen las manifestaciones culturales, la creatividad, su producto, nuestro patrimonio, la industria asociada… Sin embargo, y como hemos afirmado recurrentemente en este blog respecto de las fuentes de financiación de la cultura, LOS DATOS NO SON NEUTRALES. Es más, y aplicando un popular y mediático aserto respecto de la ciencia estadística, estamos en condiciones de afirmar que la estadística es el arte de torturar a los números hasta que confiesen lo que deseamos.

Y de este aserto, a la frase con la que abríamos este artículo y que Mark Twain popularizó, atribuyéndosela a Benjamin Disraeli: “Hay tres tipos de mentiras: mentiras, grandes mentiras y estadísticas” (There are three kinds of lies: lies, damned lies, and statistics). Otros autores se la atribuyen a Leonard H. Courtney, no obstante, no importa demasiado por cuanto nos sirve para ilustrar una idea que va más allá de la “economía de la cultura” o de las “políticas culturales”. Tiene que ver con la reflexión y el pensamiento crítico. El dato sin contexto ni interpretación sirve de nada. Es más, a veces, aun con contexto e interpretación podemos ponerlos en cuestión. ¿Eso implica que el sector cultural debe volver a empujar al destierro a las herramientas matemáticas, estadísticas y/ cuantitativas? En absoluto.

Con el fin de esclarecer esta maraña y, posteriormente, visualizar su aplicación a la gestión cultural como propósito último de nuestra reflexión, antes que nada hemos de definir conceptos. ¿A qué nos referimos cuando hablamos de datos? ¿Qué diferencia hay entre datos, información o estadística, por ejemplo?

Como en otras ocasiones, para las definiciones, resulta conveniente acercarnos a dos fuentes entrelazadas, la Academia de la Lengua (extrayendo de ella las acepciones que nos interesan) y el origen etimológico (por cuanto contextualiza el origen y la historia de aquello que buscamos). A partir de ello, buscaremos una definición primaria sobre la que poder trabajar. Así, si estamos hablando de datos, recordemos que un dato es “datum” (aquello que se da); es “información sobre algo concreto que permite su conocimiento exacto o sirve para deducir las consecuencias derivadas de un hecho”; pero es, además, “información dispuesta de manera adecuada para su tratamiento

Es decir, un dato, se ofrece a los sentidos y, por ende, puede servirnos para conocer la realidad (toda, en parte, de manera certera o aproximadamente, da igual de momento, la ontología y la gnoseología nos lo dirían). Es, esencialmente, información sobre algo concreto, sirve para acotar la realidad y conocerla de manera precisa. Pero podemos profundizar algo más, no es, directamente, lo ofrecido a los sentidos, no es lo observado. Ha de estar cifrado o codificado, generalmente (y en los casos que nos ocupan), de manera numérica. Como señala el economista y catedrático Salvador Carrasco Arroyo en “Medir la Cultura: Una tarea inacabada” en la Revista Periférica, nº 7, 2006, “los datos son la transcripción numérica (de la información obtenida tras la observación de un fenómeno) en un código convenido para la identificación de ciertas características o atributos de un objeto, individuo o suceso”. En definitiva, los datos constituyen “la base primaria para la confección de un Sistema de Indicadores Culturales que nos permitirá analizar los fenómenos observados.” (Ibídem). Luego, LOS DATOS NO SON LA MATERIA PRIMA, son materia elaborada. Siempre. Hacen referencia a algo mediato. De ahí que el dato siempre esté mediatizado por nuestro componente teórico.

Sin embargo, los datos son necesarios para “medir la cultura”. Sirva como excurso conocer qué se está haciendo en estas treces de medir la cultura, recomendamos para ello leer un excelente artículo de Pilar Gonzalo titulado Quién y qué se está midiendo en el sector cultural (aquí). Pero, el objeto de nuestra reflexión busca un paso antes, en el propio concepto de medición.

¿Y qué será eso de medir? Medir es “comparar una cantidad con su respectiva unidad, con el fin de averiguar cuántas veces la segunda está contenida en la primera” (Drae). Traído el concepto, de nuevo, a nuestro ámbito de trabajo, podemos decir que medir es hacer corresponder un objeto o unas propiedades con una “regla de asignación numérica que permita relacionar el número con la unidad de medida (…) medir es la asignación de numerables a objeto o eventos de acuerdo con ciertas reglas (…) la medida es el eslabón que une las características de los fenómenos y los números” (Salvador Carrasco Arroyo, Op. cit.)

Ahora bien, medir y atender a los datos, estadísticas y probabilidades requiere una cierta formación. En El hombre anumérico (Innumeracy: Mathematical Illiteracy and its Consequences), 1988, el matemático John Allen Paulos afirma entre sus conclusiones que “en un mundo cada vez más complejo, lleno de coincidencias sin sentido, lo que hace falta en muchas situaciones no son más hechos verídicos —ya hay demasiados—, sino un dominio mejor de los hechos conocidos, y para ello un curso sobre probabilidad es de un valor incalculable. Los testes estadísticos y los intervalos de confianza, la diferencia entre causa y correlación, la probabilidad condicional, la independencia y la regla del producto, el arte de hacer estimaciones y el diseño de experimentos, los conceptos de valor esperado y de distribución de probabilidad, así como los ejemplos y contraejemplos más comunes de todo lo anterior, deberían ser más conocidos y divulgados. La probabilidad, como la lógica, ya no es algo exclusivo de los matemáticos. Impregna nuestra vida”.

¿Qué queremos, sintéticamente, decir en esta reflexión? Que el análisis del hecho cultural, del impacto de la cultura, de las políticas culturales no es completo si no se realiza atendiendo a datos cuantitativos, pero, ¡OJO CON LOS ABSOLUTOS! Siguiendo, de nuevo, a Miguel de Guzmán, esta vez en “Impactos de la Matemática sobre la Cultura” (1995), uno de los riesgos de intentar matematizar la vida cotidiana es “pensar ingenuamente que todo puede ser matematizado sin residuos” (…) Si la misma matemática, como enseña el teorema de Gödel, deja necesariamente resquicios por matematizar, incluso en temas tan importantes como su propia consistencia (…) bueno es que aceptemos desde el principio la existencia de lo inmatematizable”.

Los números sirven para comprender, pero los números y los datos cuantitativos no son la comprensión. EL DATO SIN DISCURSO NO TIENE SENTIDO, Y SOMOS HUMANOS EN TANTO QUE CREADORES DE SENTIDO

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