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Considerar aquellos espacios culturales en los que los caracteres de usuario, ‘consumidor’ y creador confluyen, atienden a los mismos intereses o coinciden en las mismas personas, es dirigir la vista a los centros culturales de proximidad (en adelante, CCP). La proximidad espacial y temporal por un lado, y la proximidad de intereses por otro conforman una de las propiedades esenciales de este tipo de centros. En este sentido, el ámbito conceptual al que nos referimos cuando hablamos de equipamientos o centros culturales de “proximidad” tiene una triple referencia que nos acerca a estas características:

  • En primer lugar, obviamente y como característica fundamental, el propio significado del término relacionado con la cercanía espacial y temporal de estos equipamientos respecto de los ciudadanos y del producto generado en los mismos.
  • En segundo lugar, sendos artículos de Jesús Cantero publicados en la revista “Periférica. Revista para el análisis de la cultura y el territorio” (aquí) que nos sitúan históricamente en el ámbito de dichos equipamientos en la España del siglo XX: “Las Casas de Cultura” (2-2001), “Los Teleclubs” (6-2005) y “Aulas de Cultura y Centros Culturales” (8-2007)
  • En tercer lugar, al trabajo de la Fundación Kaleidos Red (aquí) y su labor dirigida a la transparencia, ética, buenas prácticas en los servicios públicos, etc. que en el año 2000 definía los equipamientos (municipales) de proximidad como “edificios o sitios con cierto grado de polivalencia que, teniendo titularidad pública municipal y, por lo general, un ámbito de influencia limitado dentro del territorio de un municipio, presta servicios, con cierto nivel de integración, de carácter educativo, cultural, social de atención al ciudadano, deportivo o de participación ciudadana, con independencia de sus modelos organizativos”.

Partiendo desde el tercer punto, el sentido de esta reflexión está específicamente dirigido a centros culturales (situamos la polivalencia en este marco), pero ampliando la definición antes citada en un sentido: Los CCP no siempre son de titularidad pública municipal; presentan diversas tipologías, entre ellas, los diversos modos de gestión y titularidad. Existen, claro está, CCP de titularidad pública no municipal, de titularidad privada, de titularidad mixta; CCP en los que coinciden titularidad y gestión, y en los que no coincide (titularidad pública y gestión privada), etc. Aunque la mayoría de estos centros son, de algún modo, públicos, el elemento definitorio no lo situamos en la titularidad, sino en la acción: estos centros “trabajan la cultura desde el suelo”. ¿Y qué significa este aserto?

Usamos como antecedente la tesis de la que partimos en este blog: la cultura tiene un amplio impacto económico en la sociedad, pero, más importante aún, tiene un impacto social innegable que, además de constituir nuestra identidad (siendo la cultura su fruto simbólico), establece las bases para un desarrollo social con un fuerte componente creativo e innovador que, por otra parte, repercute también en el desarrollo económico. Así, queremos acercarnos al territorio dirigiendo nuestra mirada a los centros culturales de proximidad por cuanto en ellos, si la tesis se confirma, es donde podemos observar este impacto de manera más evidente.

Tradicionalmente, los modelos y paradigmas de la incidencia de la cultura en la sociedad y, especialmente su impacto socioeconómico, lo han constituido las grandes instituciones culturales, pero la vertebración social de la identidad y las implicaciones en el desarrollo social de un territorio toman una especial relevancia (y peculiaridad) en los CCP. Es ahí donde la cultura y la creatividad, usando un término un tanto líquido y poco preciso, pero clarificador, navegan y se confunden con-en la ciudadanía. Esto es, las grandes instituciones culturales pueden parecernos hipostasiadas, son los contenedores en los que conviven la cultura, la creatividad y el patrimonio. Pero, en los pequeños centros, especialmente en los centros polivalentes, la ciudadanía crea, se genera el tejido creativo y se dan las condiciones en las que la cultura aporta ese factor creativo e innovador que afecta tanto al tejido económico como, especialmente, al tejido social.

Y aquí cobra sentido el tema de este artículo en tanto que los CCP son los “campos de muestra” en los que podemos comprobar la vigencia de nuestra tesis. Es en ellos donde podemos dar cuenta del impacto socioeconómico en el desarrollo de los territorios que la cultura tiene. Los CCP extienden sus límites más allá del edificio, centro o “contenedor”. Su repercusión en el territorio es tal que EL TERRITORIO MISMO SE CONVIERTE EN PARTE DEL CENTRO CULTURAL.

Este hecho es fácilmente perceptible en las actividades realizadas en exteriores (actividades de calle por ejemplo) que, extienden la marca del centro allende sus muros. Es este, tal vez, el elemento empírico más evidente para esta tesis, pero, más importante aún si cabe es la acción de vertebrar el tejido social. Por tanto, la ciudadanía (la COMUNIDAD, los ciudadanos a los que se dirige la actividad del centro y participan de-en ella) lo consideran parte esencial del entorno.

En consecuencia, y a pesar del recurso a lo emocional, precisamente se trata de que el ciudadano sienta como propio el centro cultural. Esta afirmación nos lleva a un artículo de Rosa Marzo Llorca recientemente publicado en el blog “La cultura crítica” titulado “¿Cuál debería ser el papel de un centro cultural? ¿Cultura (con c mayúscula) o cultura?” (aquí) en el que se señala respecto de las manifestaciones culturales que perviven a pesar de la falta de apoyo financiero público: “la población que las demanda las siente como propias y son sus propios promotores (…), porque lo sienten como un elemento propio como su ritual diario, en cambio, no pagarían por ir a un Centro Cultural o Institución Cultural a valorar un tipo de cultura impuesta que la sienten alejada de su día a día, no nos engañemos ni aun siendo gratuitas irían”. Más allá del impacto económico, la cultura remite a un elemento intrínsecamente humano que cohesiona la sociedad haciendo sentir como propias esas manifestaciones.

Pero, en esta apologética también se manifiestan ciertas contradicciones en tanto que estos centros suponen la herramienta de aplicación de políticas culturales directa e inmediata en barrios y municipios con la participación y relación dialéctica entre tres agentes:

  • Los responsables de la planificación y establecimiento de las políticas culturales
  • Los gestores culturales responsables de su aplicación
  • Los usuarios de los CCP, actuales o potenciales, la comunidad, en definitiva.

De este modo, si establecemos, como señalábamos antes, que la sociedad (ACTUAL) considera ‘propias’ algunas manifestaciones culturales, nuestro análisis debe problematizar esta situación y analizar el proceso que las hace sentir como propias. En ese sentido es fundamental el papel que juegan los medios de comunicación (en un sentido amplio, mass media, redes sociales, grandes corporaciones de internet…) en la CONSTITUCIÓN DEL IMAGINARIO COLECTIVO. Además, el papel de las políticas educativas, culturales… temáticas susceptibles de ser abordadas en siguientes entradas de este blog.

La existencia y sostenibilidad en el tiempo de los CCP dependerá también de su sostenibilidad económica y financiera. La obtención de recursos económicos, como ya mostrábamos en este blog (aquí y aquí -aunque respecto de la financiación privada en estos casos) no es neutral, puede condicionar tanto el sentido, como la programación como, incluso, la propia identidad de los CCP.

Por otra parte, aunque muestran, como hemos señalado, diversas tipologías, la mayoría de los CCP son equipamientos públicos y dependen, por ende, de los recursos financieros públicos. Esta situación tiene una doble lectura en el marco sociopolítico en el que nos encontramos donde la economía -la rentabilidad económica- es un (el) actor principal. Por un parte, podría parecer que los CCP tienen garantizada su financiación, en mayor o menor medida (son un servicio público). Pero, por otra parte, la realidad, se enfrenta a esa afirmación. Los CCP están perdiendo financiación, están sujetos a recortes presupuestarios menos evidentes y con menos repercusión social y mediática que los grandes centros culturales públicos.

Han sufrido un giro en el ámbito presupuestario de manera que, en su supervivencia, hacen necesario adaptar sus servicios a estos escasos presupuestos. Así, el planteamiento de la pregunta “¿Qué podemos hacer con este presupuesto?” frente a “¿Qué presupuesto necesita el centro para funcionar correctamente?” lejos de resultar baladí, constituye uno de los síntomas más evidentes de la cultura como ornamento accidental y secundario (o terciario…). Porque, no nos equivoquemos, no se trata, esencialmente, de escasez de recursos, sino de priorización de gasto en una reordenación de recursos.

Se produce una dejación de funciones desde el ámbito público por cuanto los CCP ven dificultado el cumplimiento de una de sus tareas fundamentales, acercar y facilitar el acceso a la cultura a la ciudadanía independientemente de su poder adquisitivo, de su ‘bagaje cultural previo’, de su edad, etc.

Si los CCP desaparecen o ven mermados sus servicios, ese espacio será ocupado por la dinámica mercantilista de la sociedad que aleja de las prioridades a la cultura (creatividad, mundo simbólico, pensamiento crítico…) sustituyéndola por una suerte de “entretenimiento acrítico”.

Es cierto que los CCP han vivido, a veces, ‘de espaldas’ a la sociedad pretendiendo ser lo que no son, dictando qué sea y qué no la cultura, ofreciendo (desde la perspectiva del ‘ojo de Dios’) la cultura a la sociedad. En ese sentido, y en el contexto socioeconómico actual, tal vez sea el momento de cambiar ciertos paradigmas y modelos de qué tenga que ser un CCP (es reseñable esta continua y constante situación de crisis, indefinición, redefinición que la cultura vive). Así, se hace imperiosa la necesidad de tener clara la misión que guía a estos centros como ejercicio de BUENAS PRÁCTICAS con el fin de garantizar su sostenibilidad. En síntesis, garantizar la misión, la transparencia y rendición de cuentas (no sólo financieras) y, en definitiva, el buen gobierno de las instituciones como medio para conseguir el fin último, garantizar el acceso a la cultura a toda la sociedad más allá de sus recursos económicos, su lugar de residencia, etc.; sin olvidar, no obstante, dos ideas axiales que deben guiar esta reformulación:

  • El papel que debe jugar un servicio público
  • Los riesgos que la dinámica mercantilista supone.

Recapitulando, la propia condición de los CCP los sitúa como elemento clave del acceso a la cultura obteniendo como resultado un tejido social enriquecido y cohesionado. Por otra parte, y en línea con lo que señalaba Victoria Ateca-Amestoy, profesora e investigadora en la UPV, en “Cultural capital and demand” (2007) podemos afirmar como una de las características específicas más relevantes de los bienes culturales el hecho de que, respecto de los bienes culturales, los niveles de consumo previos tienen un efecto sobre los siguientes, de manera que las personas que han consumido más bienes culturales en el pasado son más propensos a consumir más (“One of the most relevant specific characteristic of cultural goods is derived from a temporal effect in their consumption, since past levels of consumption have an effect on subsequent ones: those individuals who have consumed more cultural goods in the past are more likely to consume a large quantity today”). Por tanto, estos centros retroalimentan la demanda cultural, constituyéndose, por ende, en responsabilidad de los poderes públicos su establecimiento, sostenibilidad y distribución en el territorio como principio clave y determinante de sus políticas culturales.

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