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¿Son adecuadas estas políticas culturales? ¿Por qué? ¿Producen un impacto en el territorio en el que se aplican? ¿Positivo o negativo? La respuesta a estas preguntas nos remite a la evaluación, y ésta a los indicadores culturales.

En el marco de la economía de la cultura, a veces se insiste (y nosotros en este blog también) en que medir (y centrarnos exclusivamente en) el impacto económico de la cultura nos acerca a un posible riesgo de reduccionismo. La cultura es algo más que su impacto económico, también es su impacto social. La cultura “mejora” las condiciones de vida de una sociedad. Ahora bien, ¿estamos seguros de ello? ¿Cómo podemos “comprobarlo”? Pero, ¿este impacto puede representarse con variables numéricas? En este contexto es en el que aplicamos los indicadores culturales. De esta manera, el establecimiento de estos indicadores nos sirve para salvar la aparente indefinición a la que están sometidas las políticas culturales derivadas de la propia concepción que tenemos de la cultura.

Pretendemos, por tanto, evaluar las políticas culturales y, para ello, conocer más y mejor el impacto que la cultura tiene en un TERRITORIO (es muy importante el concepto de territorio, la cultura tiene lugar en él, no podemos analizarla sin atender a su suelo)

No obstante, los sistemas de indicadores que necesitamos para evaluar el impacto de la cultura estarán mediatizados y supeditados a qué busquemos. Esto es, como señalan exhaustiva y gráficamente Ana Planas Lladó y Pere Soler Masó en “Sistema de indicadores para políticas municipales culturales: una herramienta de evaluación” (2012), el sistema de indicadores que establezcamos estará determinado por la definición y sentido que le demos a la cultura. De este modo, ni la búsqueda de respuestas, ni los objetivos de las políticas culturales serán los mismos considerando la cultura de una manera “ilustrada” con la finalidad de la democratización del acceso a la cultura o considerándola, por ejemplo, como una mera fuente de entretenimiento o un mero producto de mercado atendiendo exclusivamente a su dimensión económica. Es por ello que los sistemas de indicadores posibles son tantos como realidades a las que atendamos, pero también, tantos como posicionamientos teóricos previos tengamos. Más aún (y ya insistiremos en ello), afirmamos con la tesis de AF Chamlers (“Qué es esa cosa llamada ciencia”) “los enunciados observacionales presuponen la teoría”.

Existen, en definitiva, múltiples y variadas publicaciones y experiencias en torno a los indicadores culturales con innumerables sistemas de indicadores adecuados a diferentes realidades culturales. No es nuestro objetivo plantear exhaustivamente un nuevo sistema de indicadores, sino reflexionar en torno a su necesidad, su legitimidad, su validez, sus limitaciones y el papel que puedan jugar en la tarea de analizar, conocer, fomentar y promocionar la cultura en la sociedad.

Acerca de la definición

Un indicador es una HERRAMIENTA que sirve para mostrar y señalar una realidad a través de indicios y señales identificándolas. Si bien, un indicador no es tal sin un ejercicio de interpretación. No es un dato descontextualizado, sino que debe ir más allá, tiene que ofrecernos información relevante en su contexto que, además, pueda ser usada. “Un indicador es la manifestación generalmente numérica del análisis de un proceso de identificación y medición de una información del sector a través de un algoritmo más o menos sofisticado, que facilita el acceso de la información a diferentes grupos de usuarios, permitiendo transformar la información en acción” (“Cultura. Estrategia para el desarrollo local” Pau Rausell Köster (Dir.), Raúl Abeledo Sanchís, Salvador Carrasco Arroyo, José Martínez Tormo – 2007).

El establecimiento de un sistema de indicadores tiene un doble objetivo.

  • Desde un punto de vista conceptual, queremos establecer herramientas que esclarezcan el papel que los elementos simbólicos (la cultura) juegan en la sociedad y en (el desarrollo de) los territorios.
  • Y, en segundo lugar y desde una perspectiva más pragmática, queremos evaluar la eficiencia de la ejecución de las políticas culturales. Se trata de dar una nueva (y más amplia) perspectiva de qué sea y qué papel juega la cultura.

Aunque los indicadores pueden ser cuantitativos o cualitativos, deben ser estrictos y precisos en la determinación a la que hacen referencia. No obstante, y en líneas generales para nuestro objetivo, los indicadores deben tener un componente cuantitativo, esto es, esa identificación de una parcela de la realidad debe estar asociada a un número.

Así y afinando la definición, hemos de atender a una diferencia fundamental: El indicador no es un dato estadístico. “La distinción entre indicador y dato estadístico estriba en que el indicador tiene siempre un referente, desde un marco conceptual a una política cultural que se desea medir, y un significado que constata hechos, comportamientos, y formas de vida pasadas y presentes. Así la variable «numero de edificios catalogados de interés cultural» se convierte en dato y a la vez en un indicador directo que evoca determinados comportamientos culturales y sociales en un ámbito espacial y temporal” (Ibídem).

Y más aún: “La incorporación, por parte de muchas administraciones públicas, de metodologías de evaluación de este tipo ha impulsado la utilización directa de estadísticas descontextualizadas como si se tratara de indicadores. Por ejemplo, se ha confundido una estadística estimada del número de personas que trabajan en el sector cultural con un indicador del impacto social de la cultura en sí mismo, sin especificar ningún tipo de medida relativa. Este tipo de confusión implica que los datos recogidos no permiten identificar los fenómenos que se buscan explicar, con lo cual se establecen relaciones de causa-efecto equivocadas o se transforman situaciones anecdóticas en afirmaciones contundentes pero poco rigurosasNuevas políticas, nuevas miradas y metodologías de evaluación. ¿Cómo evaluar el retorno social de las políticas culturales? (2011) Nicolás Barbieri, Adriana Partal y Eva Merino.

Los indicadores, además de ser datos, tienen que tener un marco teórico previo y sistemático que busca un objetivo previo, la evaluación de las políticas culturales. La información que nos ofrece el indicador, siendo un dato, va más allá del mismo. El indicador no se entiende fuera de un sistema, necesita estar articulado en un sistema de indicadores que estructure los datos recabados con el objetivo de conocer la realidad (eficiencia de las políticas culturales en nuestro caso).

Resumiendo:

  • los indicadores son herramientas
  • proporcionan información
  • a través de datos esencialmente cuantitativos y verificables
  • estos datos son el resultado de un algoritmo y responden, por tanto, a un conjunto de instrucciones previas fijadas
  • están insertos en el marco de un sistema, los datos per se y descontextualizados no nos dicen nada
  • pretenden conocer mejor una parcela de la realidad con una finalidad, también fijada de antemano.

Y, ¿la cultura puede estar sujeta a este análisis? Entramos, por tanto, en el ámbito de la justificación de un análisis cuantitativo o matemático de la realidad cultural. Y la cultura no parece que sea el paradigma del objeto mensurable. Al menos toda la cultura. Suele reconocerse la cultura como algo que va más allá de lo medible y lo meramente cuantitativo.

Acerca de la legitimidad matematizar

De esta manera, es un lugar común manifestar dudas en torno a la capacidad de la cultura de “ser medida” por su propia condición, al menos ciertos aspectos de ella. Pero, antes que el establecimiento de un sistema de indicadores cuantitativos, estas dudas nos hacen retrotraernos a un asunto anterior: El problema de la medición de la cultura y, en líneas generales, del problema de la LEGITIMIDAD DE MATEMATIZAR DE ALGÚN MODO LA CULTURA ES UN PROBLEMA EPISTEMOLÓGICO. Se trata, en definitiva, de cómo conocemos la realidad. Nuestro objetivo como humanos, aunque suene pretencioso, es leer el mundo. Y leerlo para conocerlo y hacerlo nuestro. Son diferentes los lenguajes usados para tal, y no existe un solo lenguaje legítimo.

La filosofía -decía Galileo (Il Saggiatore 1623)- está escrita en ese grandísimo libro que continuamente está abierto ante nuestros ojos (a saber, el universo), pero no puede entenderse si antes no se procura entender su lenguaje y conocer los caracteres en que está escrito. Este libro está escrito en lenguaje matemático,… (Sin los caracteres de este lenguaje) es humanamente imposible entender una palabra; sin ellos se deam­bula en vano por un laberinto oscuro”. En palabras del filósofo Jesús Mosterín, esta revolución galilea no es sino cambiar el lenguaje con el que los físicos hablaban de la naturaleza desde la metafísica a la matemática. El propio Mosterín, al referirse a Cantor y su teoría de los conjuntos, decía que no había descubierto “los conjuntos”, sino que era un inventor, había inventado una nueva forma de hablar, una nueva forma de “leer” el mundo. Así, “es una concepción ingenua la de que el mundo está dado de antemano, estructurado en cosas determinadas relacionadas entre sí de modo unívoco, y que el lenguaje viene después, reflejando con mayor o menor perfección la estructura de ese mundo. Podemos aproximarnos al mundo con distintos lenguajes y habrá tantas estructuraciones distintas del mundo como lenguajes diferentes usemos para describirlo.” (La matemática como lenguaje, J. Mosterín).

Llevándonos este razonamiento a nuestro campo de trabajo, podemos concluir que leer y conocer la cultura a través de los números (los datos numéricos) es una forma de construir la cultura, de hacerla y otorgarle entidad. Según con el lenguaje con el que nos acerquemos a esa realidad, así terminaremos constituyendo la realidad.

¿Esto deslegitima de algún modo la aplicación de las matemáticas al mundo de la cultura? En absoluto, sólo hemos de ser conscientes de dónde nos hallamos y entender cada mundo como producto del lenguaje con el que nos acercamos. El lenguaje matemático (cuantitativo) sólo es una lengua más, pero igual de justificada, igual de legitimada. Además, parece que NO SÓLO DESCRIBE Y LEE LA REALIDAD, SINO QUE, ADEMÁS, FUNCIONA. En el ámbito de lo pragmático, funciona:

  1. Predice, es capaz de prever la realidad,
  2. Es preciso (queremos conocer la realidad con precisión)

Por consiguiente es un lenguaje esencialmente útil.

Los números son (o pretenden serlo) unívocos, no ambiguos. Ahí reside uno de los valores fundamentales de la medición. Y en el siguiente paso reside una de sus mayores dificultades, traducir esos números al lenguaje natural, la interpretación de los datos. Estos datos (ya interpretados) constituirán a posteriori un elemento fundamental para el desarrollo de las políticas culturales. Buscamos, en definitiva, describir para hacer predicciones de la realidad y/o modificarla. Buscamos conocer (de manera precisa) la cultura y su impacto para establecer políticas culturales más adecuadas a nuestros intereses.

Aquí ‘entran en juego’ los indicadores culturales.

Acerca de los sistemas y propuestas de indicadores

Después de este circunloquio acerca de la legitimidad epistemológica de conocer la cultura a través de las herramientas matemáticas, volvemos a los indicadores culturales como engranajes de un sistema que nos sirve para acercarnos a este conocimiento de la realidad cultural.

Ya hemos señalado antes que los indicadores no son tales, o no cumplen su cometido, si no están insertos en un sistema. La búsqueda y obtención de un dato o de una respuesta no tiene sentido si no cumple dos requisitos:

  • Debe responder a una cuestión previa, esto es, debe ser un “dato buscado” a través de un algoritmo o unas instrucciones de búsquedas prefijadas. Su sentido es responder a una búsqueda determinada de antemano.
  • El dato no tiene sentido si no está relacionado con otros datos en el marco de un sistema. Aunque suene a perogrullada, uno de los objetivos de un sistema de indicadores es “sistematizar” la información que se recopile. Y los datos cuentan en relación a otros datos. Es el sentido del propio término “medir”. Medir es comparar una magnitud con otra; y nuestros indicadores ofrecen datos que cobran sentido relacionándolos con otros. Pongamos un ejemplo: los datos recopilados en encuestas de satisfacción en el marco de la programación cultural no tendrían sentido si no se relacionaran con la asistencia y con la frecuencia de programación. Es más, y dado el carácter transversal (ampliamente citado) de la cultura, estos datos de satisfacción habría que ponerlos en relación con otros datos de satisfacción con otra oferta de ocio u otro tipo de ‘espectáculos no culturales’ (deportivos, por ejemplo). Del mismo modo otro ejemplo, la evolución de la asistencia a espectáculos musicales estará relacionada con la evolución del coste de las entradas a los mismos, pero también habría que ponerla en relación, por ejemplo, con la evolución de los niveles de renta de la población, etc.

Y aquí surge, tal vez, el mayor problema en la toma de datos y en su interpretación con el objetivo de analizar la eficiencia de las políticas culturales, esto es, la relación causal. A ello haremos referencia más adelante.

Llegamos ahora a las características de estos indicadores, ¿cómo tienen que ser los indicadores para no caer en las potenciales confusiones que hemos citado?

Para ello y en nuestro contexto, hemos de diferenciar dos dimensiones esenciales de la cultura, las dimensiones económica y social. La medición de impacto de la cultura surge como medida de evaluación, pero es un hecho que toma especial relevancia su análisis en el marco de la economía de la cultura y, especialmente, con el objetivo de analizar el impacto económico de la misma. Es destacable el desarrollo de este análisis en el que las estadísticas (en diferentes ámbitos: locales, regionales, nacionales, continentales y mundiales) ofrecen una información amplísima.

Manejamos fácilmente datos relativos a pagos por derechos, a la producción, a la facturación, a las ventas, al empleo producido, a las importaciones, a las exportaciones, y así un largo etcétera. Y en múltiples sectores de la cultura: edición de libros, artes escénicas, audiovisuales, patrimonio, archivos, etc. podemos cuantificar ingresos y gastos, costes y beneficios. Podemos, además, cuantificar los hábitos culturales (muy relacionados estos con el consumo). Podemos, a su vez, comparar con otros sectores y establecer la proporción, el “peso” de la cultura entre los diferentes sectores productivos.

Sin embargo, la toma de datos y el establecimiento de indicadores de impacto en la dimensión social de la cultura no parece tan fácilmente cuantificable. Por tanto, ¿cómo deben ser estos indicadores para cumplir sus objetivos prefijados? Establecemos, así, una serie de características que nos señalen cómo deben ser los indicadores que muestren este impacto social de la cultura en un territorio (usando como postulado teórico previo que consideramos que la cultura tiene un impacto – y positivo, a nuestro juicio):

  • Preferiblemente (recordemos la necesidad de sistematizar) cuantificables: ya sea en valores absolutos, proporcionales, etc.
  • Duraderos: El impacto de la cultura es un concepto ligado indisolublemente a la idea de sostenibilidad -al menos en nuestro deseo como gestores culturales-. Por ejemplo, el impacto de una escuela de danza en un territorio es un proceso (que queremos medir) pero un proceso, no una fotografía puntual y momentánea.
  • Actualizables: en función de la evolución temporal
  • Comparables, compartibles y exportables: Debemos poder comparar el impacto social de esa escuela de danza antes citada con otras en espacios y tiempos diferentes. Y el hecho de que los indicadores sean cuantificables nos facilitará esta comparativa, visibilizar la diferencia de impacto entre ellas y plantear las posibles hipótesis de su causa.
  • Relevantes: Es obvio, además, en tanto que proporcionan información, con un coste (un esfuerzo) en su obtención, este esfuerzo debe ser proporcional a su relevancia. Así, añadimos
  • Proporcionales
  • Homogéneos: Es fundamental intentar interrelacionar los indicadores entre sí.

La dificultad estriba, en este momento, en determinar qué buscamos. No soy partidario (ni a ello está dedicado este post) de estandarizar universalmente una batería de indicadores útil para evaluar el impacto de todas las manifestaciones culturales en todo momento y en todo lugar. Pero sí podemos estrechar el círculo que hemos iniciado con esta relación de características. Así, cualquier propuesta de indicadores culturales debe intentar ampliar su campo y radio de acción en la medida de lo posible (compartibles, exportables y comparables), sin olvidar que está construida siempre en un contexto con unos presupuestos determinados y buscando un resultado específico. Para ello, hemos tomado la propuesta que en la “Batería de Indicadores UNESCO en cultura para el desarrollo. Manual Preliminar de Metodología (febrero-junio 2011 – fase de prueba), obra coordinada por Guiomar Alonso, Melika Caucino‐Medici y Keiko Nowacka. En ella, se abordan siete dimensiones para el establecimiento de impacto y que suscribimos como base del desarrollo de una propuesta de indicadores:

  1. Economía de la cultura
  2. Participación y cohesión social
  3. Gobernanza y derechos culturales
  4. Educación
  5. Patrimonio cultural
  6. Igualdad de género
  7. Comunicación

Es, evidentemente, posible ampliar esta propuesta con algunas dimensiones que puedan quedar, aparentemente, al margen. Especialmente y respecto de la ordenación del territorio, podríamos hablar de una ‘dimensión urbanística’. No podemos considerar el impacto de la cultura en un territorio, sea económica, sea social, sin atender a las implicaciones que la cultura y el urbanismo tienen. Cualquier propuesta debe tener, a nuestro juicio, un análisis y toma de datos de cómo influyen los agentes y elementos culturales (ya sean patrimoniales, creativos, etc.) en la ordenación del territorio, en los planes urbanísticos… y, por otra parte y en sentido inverso, analizar la incidencia de estos planes en la cultura (sea en sentido positivo o negativo).

En el marco de esas dimensiones, podrán establecerse diferentes baterías de indicadores que nos ofrezcan una amplitud mayor de miras del hecho cultural y sus implicaciones, insistiendo en la idea de su “comparabilidad”, debemos poder establecer relaciones y comparar la incidencia de la cultura en la reducción de la violencia de un territorio, el aumento del nivel de renta, la asistencia a eventos culturales, la evolución del nivel educativo…, verbigracia. Ese es el objetivo final, para así tomar consciencia de la eficiencia de las políticas culturales ejecutadas y por ejecutar.

Ahora bien, la toma de datos en el marco de unos indicadores que nos ofrezcan una perspectiva cuantitativa del impacto de la cultura no es la panacea. Es necesaria por aquello de la amplitud de miras, si bien, conlleva ciertos riesgos y limitaciones.

Acerca de las limitaciones

Parece que, reiteramos, desde una perspectiva intuitiva y socialmente aceptada además, la cultura y el hecho cultural exceden el análisis cuantitativo. No obstante, la aplicación de este análisis ha supuesto un hito en la comprensión de la cultura. Ya hemos señalado en este blog que, partiendo de Wittgenstein y su tesis “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”, si ampliamos nuestros lenguajes, ampliaremos nuestros mundos. Y, por ende, la aplicación de técnicas y herramientas para cuantificar el hecho cultural nos aportará una perspectiva mayor del mismo. Una perspectiva útil. Pero la toma de datos basándonos en indicadores prefijados contiene unos riesgos de los que hemos de ser conscientes.

En primera instancia, la INTERPRETACIÓN: los datos por sí mismos no nos dicen nada (o dicen lo que pretendamos que digan -es muy importante no olvidar esta puntualización), de ahí que la interpretación de los datos se convierta en el quid de este asunto.

En esta línea, se nos muestra la problemática “CAUSA-EFECTO”. Concluir algo a partir de unos datos, sugieren una relación de causalidad que no siempre es evidente. Y, a veces, lo que parece evidente no lo es. Supongamos, con un nuevo ejemplo, dos variables tomadas: la primera, la reducción de la violencia en un período de tiempo y un entorno concreto. La segunda, el aumento de programación y público en salas de teatro en el mismo período y entornos. ¿Podemos concluir que el aumento de programación es la causa del aumento de públicos? ¿Y que esto ha reducido la violencia? O, en cambio, ¿podemos concluir que la reducción de la violencia (por otras causas) ha propiciado el aumento de público en el teatro? ¿Estos hechos están sujetos a una relación causa-efecto? ¿En qué sentido? ¿Puede ser sólo una sucesión de hechos conectados sólo temporal y espacialmente?

Esto es, las diferencias entre sucesión temporal y causalidad pueden determinar un análisis más o menos certero. Y en última instancia esclarecer nuestro objetivo final:

– si la cultura aumenta el desarrollo socioeconómico de un territorio

– si, en su defecto, es el desarrollo socioeconómico del territorio es el que aumenta el producto cultural (cuantitativa y cualitativamente)

– o si se produce una coimplicación retroalimentándose estos hechos.

– Y así, en el ámbito de lo pragmático, aplicar unas u otras políticas culturales

Como señalábamos respecto del dato en sí: los datos obtenidos son el resultado de las premisas propuestas que, a la vez, son el resultado de nuestro posicionamiento previo ante el hecho cultural. Como apunta K. Popper en “Búsqueda sin término. Una autobiografía intelectual” (1974), citando al físico y filósofo Ernst Mach “todo lo que nos es dado, está ya interpretado, decodificado”.

No tenemos una perspectiva global de todos los datos, es imposible. Cuantos más datos obtengamos, mucho mejor, pero situémoslos en su contexto. Ningún posicionamiento teórico es neutral, y la búsqueda de ciertos datos y el planeamiento de indicadores responden a ese posicionamiento teórico. De esta manera, nuestra definición de cultura, nuestros objetivos buscados con unas determinadas políticas culturales determinarán nuestros resultados.

En síntesis, la neutralidad de la ciencia o del método científico no existe de manera aséptica. Si bien, y recordando la frase antes señalada, ES NECESARIA, ESENCIALMENTE ÚTIL, FUNCIONA Y NOS PERMITIRÁ “SEGUIR CAMINANDO” muy en la línea del título de la obra de Popper que citábamos, en el ámbito de la medición de la cultura, aunque cercando paulatinamente nuestro objeto, nos hallamos ante una “búsqueda sin término”.

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5 pensamientos en “Indicadores culturales, análisis cuantitativos y políticas culturales

  1. Sin duda, un buen artículo sobre indicadores. He estado utilizado la metodología SROI en varios proyectos y el problema surge de la falta de categorización y puesta en común de indicadores. Por ejemplo en Inglaterra, la oficina del 3º Sector (pública) regula estos indicadores para ser utilizados en proyectos de evaluación de impacto social, sin embargo la parametrización en Andalucía es tan amplia como desee el analista o equipo de trabajo.

    Un acierto de artículo. Un saludo.

  2. Interesante artículo. Creo que los indicadores econòmicos no acaban de reflejar el Valor Cultural de las propuestas artísticas. Tampoco en términos de retorno social acabamos de definir el Valor públicop de las propuestas culturales. Es un tema todavía en fase de desarrollo, pero sin duda interesante.
    Saludos cordiales, Angels Civit, gestora cultural

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