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Sean ustedes productivos y abandonen la cultura. No podemos permitir que una sociedad competitiva y eficiente gaste recursos en actividades culturales. Y, para justificar este ‘algo exagerado’ alegato, damos dos argumentos:

En primera instancia, volvemos a citar la Dialéctica de la Ilustración de Adorno y Horkheimer: “Incluso su libertad (del arte), como negación de la funcionalidad social que es impuesta a través del mercado, queda esencialmente ligada al presupuesto de la economía mercantil. Las obras de arte puras, que niegan el carácter de mercancía de la sociedad ya por el solo hecho de seguir su propia ley, han sido siempre al mismo tiempo también mercancía”. La cultura se sitúa como un elemento más del devenir de la economía de mercado, y ésta en eje axial de las relaciones en nuestra sociedad.

En segundo lugar, el mantra de la productividad: Ya señalábamos en este mismo blog (aquí), que podemos definir la productividad como la relación a modo de cociente entre el producto o bienes realizados y otra variable (sea el capital, el tiempo, el trabajo etc.). De este modo, cuando remitimos a la productividad de la cultura desde una perspectiva económica, no podemos obviar aquella tesis, ya clásica, conocida como “enfermedad de los costes de Baumol” (Baumol’s cost disease). Este mal de Baumol, grosso modo, remite a que los costes de producción y laborales de la cultura (de las artes escénicas y espectáculos ‘en vivo’ en concreto) aumentan a un ritmo paralelo a los del resto del tejido productivo, sin embargo, la productividad de las mismas apenas lo hace. Es difícil aumentar, atendiendo a este argumento, la productividad de una orquesta interpretando una sinfonía (la tocará sin reducir el tiempo de ejecución, con el mismo número de músicos, etc.) De ahí que, en virtud del aumento progresivo de los costes laborales y de producción, se haga necesaria la participación de los poderes públicos para sostener financieramente estos espectáculos y la cultura en general, dada cuenta que no podemos aumentar el precio de los servicios culturales ad infinitum sin que se resienta la demanda. Ilustramos este ‘déficit de productividad’ con unas líneas de Carolina Asuaga, Manon Lecueder y Silvia Vigo en Las Artes Escénicas y la Teoría General del Costo (2005) “la posibilidad de sustituir en dicho sector capital por trabajo es muy restringida o prácticamente nula, siendo la remuneración del factor trabajo un costo importante dentro del costo total. Como los salarios aumentan de una forma lineal a la economía en su conjunto, en términos unitarios, Baumol y Bowen sostienen que el costo del factor trabajo en este sector será creciente por unidad de output, mientras que permanecerá constante en el resto de la economía. Esta situación coloca al sector en una clara desventaja, y el aumento sistemático de los costos se verá traducido a un aumento de precios, en una espiral que llevará al sector a la extinción si no consigue financiación externa”. Aunque, con el paso de los años y una multiplicidad de artículos, se ha ido matizando esta tesis incorporándose algunas variables que hacen posible un relativo aumento de la productividad (aumento de la demanda, optimización de los costes de producción aglutinando giras, por ejemplo, etc.), sin embargo continúa siendo generalmente aceptado que la cultura , desde una perspectiva económica, tiene problemas de mejora de la productividad sin el concurso del soporte financiero que suponen las administraciones públicas.

Establecidos estos dos supuestos, en este punto cabe recordar que la cultura tiene un esencial valor per se, es un elemento constitutivo de la condición humana y, por tanto, debe ser garantizado su desarrollo (más allá de su condición de producto, más allá de su incidencia en el PIB) por los poderes públicos.

Hoy, la cultura manifiesta una suerte de relación dialéctica entre su esencia constitutiva de la identidad humana y generadora de pensamiento crítico frente al ‘poder’ del mercado y la industria que la convierten en otra cosa, en un elemento de ocio-entretenimiento. Como señalaba W. Benjamin en La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (1936) ilustrando claramente esta idea: “En efecto, mientras más disminuye la importancia social de un arte, más se separan en el público -como se observa claramente en el caso de la pintura- la actitud de disfrute y la actitud crítica. Lo convencional es disfrutado sin ninguna crítica; lo verdaderamente nuevo es criticado con repugnancia”

Sin embargo y allende esta relación dialéctica, no podemos negar la condición mercantil del producto cultural y la industria cultural y creativa debe convivir con esta condición. Si se sigue considerando la productividad como directriz del desempeño económico de una sociedad y, a la vez, queremos justificar la cultura como industria, no nos queda sino ampliar nuestra perspectiva. La industria cultural puede caer en cierta pasividad justificando su existencia en el valor intrínseco de la cultura, ante ello debe atender a la capacidad de aumentar la productividad y competitividad de un territorio y en el marco del conjunto de la economía.

En la línea en la que señala el Programa de Economía Creativa (2006) del Departamento de Cultura del Gobierno Británico “el asunto clave no es la disponibilidad de financiación o servicios de desarrollo empresarial, sino el acceso y uso que las empresas creativas hacen de este apoyo. Específicamente, es la poca propensión y habilidad de muchas empresas creativas a hacer pleno uso de la financiación, el asesoramiento y el conocimiento especializado disponible lo que inhibe el incremento de la productividad y el crecimiento”, cita extraída de La Cultura como factor de innovación económica y social, obra coordinada por P. Rausell. En la misma obra se hace referencia a “la centralidad de la cultura para el desarrollo de los territorios a través de la secuencia creatividad>innovación>competitividad>bienestar” y que “hay que tener en cuenta que las actividades culturales y creativas son y capaces de activar, dinamizar, modificar y transformar las bases de la competitividad socioeconómica de un determinado territorio”. Por tanto, la industria cultural y creativa tiene una responsabilidad con el desarrollo de los territorios, es un elemento clave del desarrollo económico, más allá de su productividad.

La tesis quedaría como sigue: La cultura como industria imbricada en un territorio aumenta la productividad y el desarrollo económico del mismo. En palabras de P. Rausell, F. Marco-Serrano y R. Abeledo Sanchís, en el artículo Sector cultural y creativo y riqueza de las regiones: en busca de causalidades (2011) “No sólo están correlacionadas sino que existen robustas relaciones de causalidad entre las variables de riqueza regional -medida en términos de PIB per cápita en paridad de poder adquisitivo- y la especialización relativa de una región en la ocupación en los sectores culturales” y “la causalidad entre las dos variables es circular, de manera que la variación en la intensidad de la ocupación tiene efectos causales sobre la riqueza, y las variaciones en la riqueza tienen efectos sobre la intensidad de la ocupación en el sector de la cultura”

En su defecto, quedándonos en la restrictiva visión económica-economicista clásica, sólo nos quedaría remitir al principio de esta reflexión: “sean ustedes productivos y abandonen la cultura”.  

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3 pensamientos en “La cultura al servicio de la productividad económica.

  1. !Un saludo David! Un placer leerte como siempre. Prometo dedicarme a la cultura y ser absolutamente improductivo, cosa que, por otra parte, se me da sorprendentemente bien 😉

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