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Establecido el presupuesto del post anterior del sometimiento de la cultura, como industria cultural, a los dictados del sistema y su constitución como mercancía, incidiremos en esta idea usando como hilo conductor la Dialéctica de la Ilustración (DI), obra central de T. Adorno y M. Horkheimer y referente de la perspectiva que la Escuela de Frankfurt tiene sobre las industrias culturales como engaño de las masas y ejemplo de razón instrumental que esta generación critica.

Aunque la obra fue escrita en los años 40 del siglo pasado, a través de algunas citas extraídas de ella mostraremos, mutatis mutandis, su absoluta vigencia. Para empezar el esclarecedor título del capítulo central de la obra: “La industria cultural. Ilustración como engaño de masas

De hecho, con los autores, podemos afirmar que “toda cultura de masas bajo el monopolio es idéntica, y su esqueleto -el armazón conceptual fabricado por aquél- comienza a dibujarse. Los dirigentes no están ya en absoluto interesados en esconder dicho armazón; su poder se refuerza cuanto más brutalmente se declara. El cine y la radio no necesitan ya darse como arte. La verdad de que no son sino negocio les sirve de ideología que debe legitimar la porquería que producen deliberadamente. Se autodefinen como industrias, y las cifras publicadas de los sueldos de sus directores generales eliminan toda duda respecto a la necesidad social de sus productos”. Una clara muestra de cómo la cultura, bajo la batuta de las industrias culturales y dirigida por lo que los autores llaman el aparato económico y social, olvida su esencia y se convierte en un elemento más del sistema mercantilista. Somos productores y consumidores, no más. Y el arte (la cultura) no escapa a eso. Pura razón instrumental.

Un ejemplo de ello es la absoluta dependencia de la industria cultural que hoy vemos respecto de sus fuentes de financiación y que, por tanto, se deben a ellas. También podemos verlo en la obra: “La dependencia de la más poderosa compañía radiofónica de la industria eléctrica, o la del cine respecto de los bancos, define el entero sector, cuyas ramas particulares están a su vez económicamente coimplicadas entre sí”. El producto cultural deja de tener un significado y tiene un valor (valor-precio). Tráiganlo a principios del siglo XXI y sustituyan o amplíen el cine y la radio, por nuestros medios. El paralelismo es evidente.

Pero no sólo como mercancía, también como herramienta y engranaje del sistema: “El mundo entero es conducido a través del filtro de la industria cultural. La vieja experiencia del espectador de cine, que percibe el exterior, la calle, como continuación del espectáculo que acaba de dejar, porque este último quiere precisamente reproducir fielmente el mundo perceptivo de la vida cotidiana, se ha convertido en el hilo conductor de la producción. Cuanto más completa e integralmente las técnicas cinematográficas dupliquen los objetos empíricos, tanto más fácil se logra hoy la ilusión de creer que el mundo exterior es la simple prolongación del que se conoce en el cine”. La tarea educativa del sistema (dentro de sus patrones y valores) alcanza hoy día su cénit. Sólo es financiable y realizable aquello que entra en los cánones de la ‘cultura oficial’. Todo lo que no es reproductible o asimilable al lenguaje oficial deja de ser válido y las vanguardias o cualquier manifestación cultural ajena a la industria, para existir, o se rinden a ella o se dejan fagocitar. Y aquí entran en juego un elemento fundamental en la obra: el papel de los medios de comunicación de masas como catalizadores de la industria cultural.

Así, la industria cultural termina con el sentido propio de la cultura como ejercicio del espíritu y se convierte en un engranaje más del sistema: “El individuo, sobre el que se apoyaba la sociedad, llevaba la marca de tal dureza; en su aparente libertad, no era sino el producto de su aparato económico y social”.

El aparente pesimismo de esta reflexión, reflejada en éste y el anterior post, no es tal. Se trata, como antes señalábamos en una llamada de atención ante la asunción acrítica de ciertos postulados  referidos a la razón y la industria en particular como herramienta de la misma. Y si ocurre en otros sectores industriales y la cultura ha quedado reducida a producto industrial, ¿por qué no iba a suceder con ella?

Y entretanto, seguir impulsando la cultura con una propuesta: una vuelta al nietzscheano soñar sabiendo que se sueña.

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