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“El placer se petrifica en aburrimiento, pues para seguir siendo tal no debe costar esfuerzos y debe por tanto moverse estrictamente en los raíles de las asociaciones habituales. El espectador no debe necesitar de ningún pensamiento propio (…) TODA CONEXIÓN LÓGICA QUE REQUIERA ESFUERZO INTELECTUAL ES CUIDADOSAMENTE EVITADA” (Adorno y Horkheimer, Dialéctica de la Ilustración, sobre las industrias culturales). Y pensar ingenuamente que las manifestaciones culturales y su desarrollo nos proporcionan libertad…

Vemos muy a menudo, y éste que suscribe lo usa habitualmente, el argumento que enlaza biunívocamente pensamiento crítico (y libertad) con la cultura, la creatividad y sus productos. Se convierte en ciertos discursos en un dogma, irreflexivo, acrítico y no problematizado, por ende. No está de más, por tanto, que reflexionemos sobre lo oportuno de ese aserto y cómo, a veces, deja de ser veraz.

Para ello nos gustaría traer a este blog la crítica que la Escuela de Frankfurt hace a la razón instrumental; en nuestro caso, centraremos el análisis en la cultura (las industrias culturales) como una manifestación o producto más de esa razón instrumental. Y esta tesis, mantenida a mitad del siglo pasado, ha cobrado absoluta vigencia hoy día.

La Escuela de Frankfurt, resumiendo bastante, es una de las responsables de cerrar el optimismo ilustrado (tras los filósofos de la sospecha) en tanto que hacen patente la idea de que el progreso y la razón pueden generar, y así de hecho ocurre en Auschwitz (brutal referente de estos autores), dominación, barbarie y dolor. Pero esta crítica no es a la razón (en un sentido posmoderno) sino a la instrumentalización de la misma. Se trata, según los frankfurtianos, de acabar con el optimismo acrítico de la ilustración que, dejando a un lado a los dioses, acuñó una nueva deidad y que, enlazando con la teoría de Marx y traído a nuestro objetivo en este blog, pasa a ser la economía y la mercantilización de todos los aspectos de la realidad. La consideración de la cultura como un reflejo y soporte de la superestructura económica ya están recogidas por el marxismo clásico, pero ahora traídas y repensadas en ejercicio crítico por la Escuela de Frankfurt. En términos de Blanca Muñoz en su artículo La industria cultural como industria de la conciencia: El análisis crítico en las diferentes generaciones de la teoría de la Escuela de Frankfurt, “No sería posible entender la Teoría Crítica sin considerar sus estudios sobre la Industria de la Cultura como la forma más definitoria de la ideología de la sociedad capitalista. En este sentido, las modificaciones que la economía capitalista experimenta están directamente relacionadas con la acción de una poderosa superestructura que funciona como un mecanismo de relojería y como un dispositivo férreo al servicio de los imperativos de acumulación del capital” y “la reflexión frankfurtiana sobre la Industria de la Cultura (es) entendida como el proceso de procesos de la modificación de las conciencias mediante fenómenos tecnológicos”. Esto es, “la elaboración ideológica que cosifica las conciencias es la función de las Industrias Culturales”.

Como señala G.E.Concatti en su artículo La primera Escuela de Frankfurt. Una crítica a la cultura occidental para revisar y reflexionar “La pregunta por el sentido y toda experiencia cuya sabiduría no sirve a los fines de desarrollo económico queda sino eliminada relegada a segundo plano frente a la racionalidad instrumento” y más, traído al ámbito de la cultura “el consumo de productos culturales es evaluado y analizado como cualquier otro producto de consumo, sin referir a su contenido y menos aún a las posibilidades que ese contenido ofrece para una profundización de la experiencia o para el desarrollo de una actitud crítica respecto del orden existente”.

Aun así, y como veremos en el siguiente post, no se trata de acabar con la cultura como ejercicio de liberación, ni plantearnos que las manifestaciones culturales (fruto de las industrias culturales que poco a poco han ido poseyendo el espectro de la cultura) sean o productos o elementos del sistema, sino de parar de vez en cuando y reflexionar, poner en suspenso los juicios que consideramos más veraces. Es un mero ejercicio que nos debe hacer trabajar por el desarrollo de la cultura en libertad. A pesar de las dificultades.

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