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En el post anterior señalábamos cómo lo museos habían sido (son) juzgados basándose en criterios meramente economicistas. Por un lado, tomando como patrón único una relación de costes. Es decir, la diferencia entre ingresos y gastos que ‘produce’ la institución. Por otro lado, y como consecuencia de ello, se considera al museo exclusivamente como un elemento generador de riqueza a través del turismo. Esta simplificación se ha apoderado de la idea de museo y no es más que el reflejo de la sociedad hipercapitalista en la que vivimos. Aunque no debemos olvidar que analizar el impacto económico de los productos culturales no es reducir su sentido último a la obtención de beneficios.

Así, consideramos que este hipercapitalismo y la sustitución del sustrato político por aspectos meramente estéticos desvirtúan el sentido de las políticas públicas en relación a la creación y mantenimiento de museos.

Hemos de tener en cuenta que las instituciones museísticas privadas (exclusivamente privadas, sin fondos públicos, sin subvenciones, sin posibilidad de desgravaciones impositivas –reiteramos que eso sigue siendo inversión pública-) no parecen viables. La inversión privada en espacios museísticos sin posibilidad de recuperar parte de la misma a través del estado es minoritaria. Los espacios museísticos, por tanto, quedaron al amparo de las políticas públicas. Es deber de las administraciones su gestión.

Visto esto, nos retrotraemos al sentido de la propia institución museística hoy: La existencia de los museos está ligada a la puesta en valor, conservación, investigación y difusión del patrimonio cultural en todos sus sentidos, pero el alcance de qué sea un museo ha cambiado en los últimos 40 años de una manera drástica. La aparición de la denominada (¡todavía!) nueva museología dioun giro a los museos. Éstos debían pasar a estar al servicio del hombre, y no al revés. La idea última que subyace en esta concepción es la de que no se puede limitar y constreñir el patrimonio a cuatro paredes, reducto de investigadores y visitantes expertos. Se pasa a darle mayor importancia al territorio, al visitante, al vecino y la comunidad, aparecen conceptos como el “ecomuseo” (acuñado por el francés Hugues de Varine en los años 70 del siglo pasado)… El museo pasa, en definitiva a tener un papel de transformación del territorio y de la sociedad.

Muy evidente en los “museos estrella”, pero igual de válida la afirmación para los pequeños centros, éstos devienen elementos fundamentales en la constitución de la marca ciudad y pilar de las estrategias de city-branding. Si a este hecho le unimos el potencial recurso turístico que suponen, los museos pasan a ser uno de los pilares fundamentales de las políticas culturales.

Esta genial modificación de qué sea un museo, pasando de ‘compartimento estanco o almacén’ a elemento vertebrador y de cohesión de la sociedad, presentaba algunos riesgos. Y aquí fue donde nos encontramos con el problema. El museo perdió su sentido y se convirtió en mero escaparate. Destinados en buena medida a mostrar el potencial cultural de su ciudad y su entorno (mostrar músculo frente a la competencia). Y se multiplicaron los espacios expositivos. Este hecho, a simple vista positivo, devino problema cuando las arcas públicas quedaron diezmadas con la crisis y el proceso de recesión económica que vivimos. Tanto espacio expositivo dejó de ser viable (no eran sostenibles económicamente). Sus costes no podían seguir siendo asumibles.

Ante este hecho que no hace sino sumar la concatenación de recortes que la cultura está recibiendo proponemos tres ideas:

  1. Frente a la mercantilización de los espacios museísticos y culturales; Sentido de los museos: los poderes públicos no pueden renunciar, bajo ningún concepto, al mantenimiento de estas instituciones como garantes y constituyentes de la identidad del entorno en el que se hallen.
  2. Frente a la proliferación de los museos cual reinos de taifas; Redes de museos: los museos no son escaparates de una ciudad, están imbricados en un territorio, y diferentes espacios museísticos pueden (y deben) ser complementarios. Esto es, optimización de recursos económicos.
  3. Frente a la recesión económica; inversión pública: para terminar esta reflexión, repetimos una idea, su rentabilidad va más allá de lo estrictamente monetario, incide en otros factores y afecta a todos los sectores productivos. Volvemos a una de las ‘ideas fuerza’ (por repetidas) de este blog. La cultura no es un gasto, es una inversión.
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4 pensamientos en “CULTURA, POLÍTICAS PÚBLICAS Y CRISIS. Viabilidad de los museos e incidencia en su impacto económico

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