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En la línea de analizar las políticas culturales y su impacto económico, hoy queremos señalar una asimetría, sobre la que iremos profundizando, producida entre los conceptos de cultura (y patrimonio cultural), y desarrollo local desde la perspectiva de las políticas públicas como responsables de ambos ante los ciudadanos.

En las políticas públicas de los últimos 30 años se ha consolidado el concepto de desarrollo como las herramientas y estrategias que se implementan en un territorio para potenciar algunas variables que inciden en el bienestar del ciudadano (empleo, vivienda, estructura urbana, cultura, política, etc.) aprovechando los recursos que ofrece el territorio y dirigiendo ese desarrollo en función de estos recursos. Es decir, desde un punto de vista teórico, la categoría política de desarrollo aplicada a un territorio tiene como objetivo último el bienestar ciudadano.

Desde el ámbito de las políticas públicas (y casi siempre dirigidas desde la idea clásica-lineal del desarrollo local como crecimiento), la vinculación tradicional entre el desarrollo y la cultura tiende a situarse en una triple perspectiva, por una parte, respecto del patrimonio, buscando una integración de este patrimonio cultural en el crecimiento del territorio mediante estrategias de protección, puesta en valor y difusión del mismo. En segundo lugar y ligado al anterior, con la construcción de museos (en el más amplio sentido) como recipientes y escaparates del patrimonio. Y en tercer lugar, en la generación de recursos, ayuda y asesoramiento para la creación de un tejido industrial ligado a la cultura.

Las dos primeras líneas suelen tener al turismo en tanto que sector económico como referente y horizonte de acción. La tercera línea convierte puramente a la cultura en sector (o subsector) económico), y la sitúa dependiente de las categorías ligadas a la rentabilidad económica y financiera. Y las tres líneas, en definitiva, usan la cultura desde una perspectiva instrumental. La cultura y el patrimonio cultural son herramientas para un fin, el crecimiento económico (que se ha confundido con el desarrollo y ha sustituido su sentido).

Así, considerando desarrollo y cultura como dos categorías diferentes desde las políticas públicas, el desarrollo (crecimiento económico) ha determinado qué sea la cultura, y no se ha dado el caso contrario: la cultura no ha participado (desde las políticas públicas) del desarrollo económico, urbanístico, modelo de ciudad, modelo de relaciones económicas, etc.

Como ya hemos señalado en otras ocasiones en este blog, la cultura es un potente motor de desarrollo económico, pero antes que eso es elemento esencial de nuestra identidad y determina, por tanto, qué somos. En una relación medio-fin, la cultura no puede quedar como medio exclusivamente (medio para el crecimiento económico a través del turismo, verbigracia). A efectos prácticos, esta relación puede priorizar manifestaciones culturales y elementos patrimoniales únicamente en función de su rédito económico con los peligros que eso conlleva.

Al principio señalábamos el bienestar ciudadano como el objetivo último del desarrollo dirigido desde las políticas públicas. ¿Cómo es posible esto supeditando al crecimiento económico uno de los elementos constitutivos de nuestra identidad como es la cultura?

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