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Después de haber subrayado en el post anterior cómo la cultura se ha convertido en sujeto de ajustes y recortes derivado de una consideración accidental y tangencial de la misma, frente a la idea de la cultura como pilar del estado de bienestar que aquí defendemos; en esta segunda parte queremos abordar someramente cómo los ajustes económicos y recortes afectan al tejido empresarial cultural y el papel que juegan en esta situación las políticas culturales.

Una de las caras de la actual situación económica tiene que ver con la insistencia desde varios frentes en la ineficiencia de las administraciones públicas para gestionar servicios (sean o no esenciales). Con un cierto maniqueísmo (público frente a privado) se presenta la alternativa de privatizar servicios públicos en aras de esa eficiencia. La dicotomía público versus privado no atiende a la realidad, al menos en el ámbito de la gestión cultural.

Consideramos que en el sector de las industrias culturales, se ha producido a lo largo de los años una estrategia de colaboración público-privada y de retroalimentación que ha generado empleo, riqueza, desarrollo y bienestar. Es importante destacar la ‘retroalimentación’ frente a la tesis que plantea el tejido empresarial cultural bebiendo, exclusivamente, de los fondos públicos. Las industrias culturales, especialmente las pymes, crean públicos, generan inquietudes, ayudan a formar el pensamiento crítico en el tejido social, protegen, difunden, promocionan y defienden la cultura. NO SÓLO SATISFACEN LAS NECESIDADES CULTURALES, SINO QUE, ADEMÁS, LAS GENERAN.

Cuando se sugiere privatizar el marco cultural, rompemos ese bucle. Así, privatizar como medida de ajuste desvirtúa el carácter vertebrador, identitario y simbólico de la cultura. Los poderes públicos, a través de políticas culturales, regulan, crean infraestructuras, invierten directa o indirectamente y esas políticas culturales crean marcos de participación social (sea empresarial o no). Es decir, privatizar, aunque pueda resultar paradójico destruye el pequeño tejido empresarial, especialmente el ligado al entorno.

Concluyendo, debemos afirmar aquí que los poderes públicos, con la excusa de la eficiencia, de potenciar el tejido empresarial y de generar riqueza no pueden hacer dejación de sus funciones privatizando un sector estratégico como la cultura. Por muchas razones, como las señaladas anteriormente, pero también porque el sector privado, y especialmente las pymes, necesitan intervenciones y políticas culturales públicas. Y nuestro acervo cultural no puede verse sometido exclusivamente a criterios economicistas estableciendo como dogma la eficiencia.

La cultura necesita de ambos sectores, público y privado (además de la pura participación social, la generación de elementos culturales desde el tejido social que es la base de todo). Cada uno tiene su función, cada sector vive y puede desarrollarse si y sólo sí, se desarrolla al unísono el otro.

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