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Cuando seguimos esperando la inminente nueva Ley de Mecenazgo, avanzamos en el análisis del concepto y su sentido, a la espera de los detalles técnicos cuantitativos y cualitativos.

Ya hemos señalado en este blog la importancia que debemos prestar al Mecenazgo Cultural, no sólo por la necesidad de potenciarlo y facilitarlo como fuente de financiación de la cultura, sino, además, por el riesgo que conlleva de pérdida de “directrices públicas” en las políticas culturales, a pesar de que buena parte del gasto siga soportándose desde el Estado y demás administraciones. Especialmente, por el riesgo de una ‘deriva comercial’ de la cultura en detrimento de otras experiencias ‘minoritarias’ que, a nuestro juicio, deben estar garantizadas y potenciadas desde la Administración.

La otra cara de la moneda que se aduce al sistema actual de financiación es el riesgo de partidismo que desde las administraciones puede producirse en la distribución de fondos invertidos en el mundo de la cultura.

Oportunidades y riesgos… pero, insistiendo desde aquí en la necesidad de la reestructuración del mecenazgo en España:

1. Es ineludible buscar nuevas formas de financiación de la cultura que faciliten su desarrollo como uno de los pilares básicos de la sociedad.

2. Es ineludible, también, establecer estrategias de participación activa de la ciudadanía (y su tejido productivo) en el desarrollo de las políticas culturales.

Y ahí es donde queremos situar la reflexión de estas notas.

Atendiendo a la perspectiva económica, destacamos varias situaciones:

–          Una nueva Ley de Mecenazgo traerá (probablemente más) exenciones y ventajas fiscales a quienes inviertan en productos culturales (educativos, sociales…), sean grandes empresas, sean PYMES, sean ciudadanos.

–          Salvo las exenciones que alcancen un 100 % (que serán minoritarias, obviamente), la inversión supone un coste para el agente inversor.

–          Desde el principio de estas líneas, estamos hablando de ese coste en términos de INVERSIÓN, no de gasto, porque, aunque el Estado devuelve directamente parte de la inversión, ésta producirá (además) retornos económicos tanto directos como indirectos a la entidad inversora. Desde la imagen de marca, la reputación corporativa, la publicidad en los términos más clásicos, el desarrollo de nuevos mercados, la consolidación de tejidos sociales activos y críticos asociados a la marca… Estos retornos son mensurables, tanto en su impacto social como directamente económico (índices de reputación corporativa, herramientas para ‘monetizar’ ese impacto como el  Social Return on Investment, London Benchmarking Group, etc. -cada una con sus variantes, sus públicos objetivos, sus virtudes y sus limitaciones, claro está-). El eje conceptual, en definitiva, es pasar del concepto DONACIÓN al de INVERSIÓN SOCIAL.

Pero en este post, nuestro interés camina por otros derroteros, en otro momento seguiremos incidiendo en los términos puramente económicos del Mecenazgo Cultural. Queremos, únicamente, ofrecer un apunte ético derivado del concepto de Mecenazgo:

Así, del mismo modo que advertimos sobre la posible comercialización-banalización de una  cultura dependiente exclusivamente de criterios de mercado y situamos al Estado como garante de las manifestaciones culturales minoritarias y (aun a riesgo de usar un término conflictivo) esenciales, la sociedad exige, o debe exigir, nuevas formas de intervención en el desarrollo de la participación cultural. El Mecenazgo se convierte, en definitiva, en una herramienta  de democracia participativa: la sociedad, las empresas, los ciudadanos, son partícipes directos del desarrollo cultural frente al posible paternalismo del Estado. Para ello, esta nueva Ley debe, no sólo facilitar el mecenazgo a las grandes corporaciones (necesario para la ejecución de grandes proyectos e infraestructuras), sino potenciar, regular y establecer mecanismos adecuados (y mejorar los presentes) para las estrategias de mecenazgo de las personas físicas. Mecenazgo ejercido desde el individuo como, reiteramos, mecanismo de participación activa en las políticas culturales de la sociedad en la que se halla. En definitiva, que la comunidad diseñe, ‘financie en parte’ y haga suyas las políticas culturales.

¿El utópico marco idóneo a nuestro juicio? En primer lugar, que no se produzcan recortes presupuestarios en el desarrollo de políticas culturales. En segundo lugar, que éstas sean tenidas como uno de los motores de desarrollo (también económico) de la sociedad. Y en tercer lugar, que, por otra parte, se establezcan nuevos canales de participación activa de la sociedad civil, ciudadanos, entidades y empresas en el curso de estas políticas culturales haciendo así más participativa la sociedad, mejor motor económico y MÁS NUESTRA LA CULTURA. De la unión de esos tres elementos, consideramos, que depende en buena medida nuestro crecimiento (sí, otra vez, también económico).

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Un pensamiento en “Mecenazgo y micromecenazgo cultural. Algún apunte ético sobre la inversión en cultura.

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