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En la línea de aproximación a la cuantificación del valor económico de los bienes y productos culturales, queremos fijar la relación, semejanzas y diferencias entre el valor cultural y el valor económico de un producto.

Siguiendo los postulados del economista australiano David Throsby, tal y como señala en su obra de 2001 Economics and Culture, el carácter de valor cultural es otorgado a un bien en virtud de seis caracteres: el valor estético, el valor espiritual, el valor histórico, el valor simbólico, el valor social y el valor de autenticidad. Es evidente que estas características ni tienen que darse en su totalidad, ni de manera unitaria, ni son excluyentes. Y ya el propio Throsby hace hincapié en su validez independientemente de su consideración como objetiva, subjetiva, flexible… Lo importante, a nuestro juicio, es el establecimiento de una relación de características compartible y aceptable.

Una vez aceptada (o aceptada en cierta medida) una definición del bien cultural, y al hilo de la argumentación de Throsby, al extrapolarlo a las relaciones económicas, surgen varias cuestiones decisivas: ¿Puede el valor económico englobar el valor cultural? ¿Es el caso que si un sujeto da un “nivel mayor” en la escala de bien cultural a un objeto estará dispuesto a pagar más por él? ¿Están estos conceptos directa y proporcionalmente relacionados? Coincidimos con Throsby en que la relación no es directa, proporcional y homogénea. Influyen múltiples circunstancias y es fácil encontrar ejemplos en los que se pueda dar una alta valoración cultural a un bien y baja desde un punto de vista económico. De hecho, los propios caracteres usados para definir un bien cultural puedan ser contrapuestos en la valoración económica. A este hecho, además, debemos añadir que ningún mercado, pero especialmente, en el caso del “mercado de la cultura” no nos encontramos, de ninguna manera, en un mercado de competencia perfecta. Es decir, ni se conocen todos los datos necesarios entre oferentes y demandantes de un producto, ni la valoración cultural de un bien es la misma entre diferentes agentes, ni el demandante está dispuesto a pagar en relación al citado nivel de consideración de bien cultural. Así, los valores culturales no se reflejan en el mercado de forma directa y unívoca.

Dada cuenta esta relación heterogénea, para acercarnos a nuestro propósito de establecer una cuantificación fiable del impacto económico de la cultura, otro de los elementos que debemos tener en cuenta tiene que ver, como señala L. F. Aguado en su artículo Estadísticas culturales: una mirada desde la economía de la cultura (2010), con el valor de uso y valor de no uso. Si queremos establecer claramente qué precio está dispuesto a pagar el sujeto X por el producto cultural Y “tal precio se refleja en los denominados: valor de uso y valor de no uso. El primero está asociado al excedente del consumidor, es decir, la estimación de la utilidad o del beneficio que proviene del consumo directo del propio bien o de los servicios que se derivan del mismo. El segundo representa aquellos valores generados por el bien cultural no fácilmente identificables a través de las transacciones de mercado reflejadas en los precios (valores de existencia, opción y legado)”. Pero, en nuestro intento de objetivar estos parámetros nos encontramos, como antes señalábamos, con que el potencial consumidor final del producto desconoce (la totalidad de) los elementos valorativos que lo definen como bien cultural. De esa manera, resulta difícil objetivar un valor económico, supeditándolo al precio de mercado (sujeto a oferta y demanda y a los vaivenes del propio mercado).

De la misma forma que cerrábamos el post anterior, no debemos dejar de un lado el VALOR INTRÍNSECO DEL BIEN CULTURAL COMO TAL, pero insertos en una economía de mercado resulta de vital importancia entender que la cultura y sus manifestaciones (productos culturales, bienes culturales, industrias culturales, creatividad…) tienen un impacto económico tangible y cuantificable.

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