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Son muchos los artículos, publicaciones textos y comentarios que abordan la cuestión del perfil profesional del gestor cultural. Reflexiones en torno al perfil curricular, competencias, funciones, etc. que intentan dibujar más o menos claramente el marco conceptual de esta profesión. No obstante, hoy pretendemos ir un paso atrás.

Multitud de profesionales se encuadran en esta nebulosa, gestores públicos y privados, generalistas y especialistas, universitarios o no. Profesionales que trabajan con presupuestos ingentes o ajustados, empresarios, autónomos… Incluso algunos de ellos no se reconocen (o prefieren no reconocerse), en primera instancia, como “gestores culturales” nominalmente, resaltando la especificidad de su puesto-profesión: bibliotecarios, archiveros, productores musicales, editores de libros… empresarios de la cultura. Pero todos ‘trabajan’ una disciplina que, aunque en un campo de acción muy amplio y difuso, tiene por objeto, como señalan muchos especialistas y académicos, intermediar, facilitar y acercar la experiencia cultural, patrimonial o artística al ciudadano.

Pero… ¿qué produce, qué crea, qué construye el gestor cultural? ¿Son necesarios? ¿O acaso la cultura no exige el desarrollo de conocimientos técnicos, habilidades y herramientas de gestión tanto desde el propio mercado (empresas e industrias culturales) como desde la administración como garante de su fomento y protección?

A pesar de que siempre me ha gustado el adagio “Excusatio non petita, accusatio manifesta”, sirva primero esta justificación y declaración de principios:

Los gestores culturales profesionales (públicos o privados) no tienen el monopolio del trabajo en la cultura, faltaría más. Especialmente siendo su campo de acción un elemento tan difuso, amplio y, ante todo, consustancial a la esencia humana. Desde luego es un manifiesto error creernos convertidos en demiurgos de la cultura. Principios activos que hacen que la cultura y la creatividad fluyan al mundo. Algo así como que la cultura queda en un mundo ideal y los gestores culturales la “bajamos” al mundo ciudadano. El imperio del experto. El riesgo de cosificar la cultura, la ciudadanía y el tejido cultural está ahí, además, potenciado por la lógica del mercado que considera las manifestaciones culturales un producto cerrado (e insisto, dirigido al puro entretenimiento). La creatividad y sus manifestaciones son patrimonio de toda la ciudadanía, pero eso no es óbice para la consideración profesional de una disciplina que necesita de cierta metodología, conocimientos, actitud y especialización. No todo vale. No se trata sólo de formación académica, sino del sentido de profesionalidad, de disciplina, de habilidades estructuradas, procedimientos organizados y técnicas que hagan posible el desarrollo de la actividad, una actividad que pretende operar con elementos tanto tangibles como intangibles pero, ambos, constituyentes de nuestra identidad.

Desde la gestión cultural, una de las reivindicaciones clásicas de la profesión ha sido y es (desgraciadamente sigue siendo necesario reivindicarlo) tanto el reconocimiento profesional como la profesionalización del sector. En los últimos años se han dado pasos de gigante en este reconocimiento, entre otros factores pero especialmente, gracias al trabajo de las asociaciones de profesionales. Uno de los mayores éxitos es la inclusión del epígrafe de “gestor cultural” en la Clasificación Nacional de Ocupaciones. Paso de gigante, insuficiente aún y, si no cambiamos la forma de pensar, podría resultar vano. Los gestores culturales son profesionales de una materia (todo lo peculiar que queramos), pero lo son.

A pesar de esos pasos de gigante, la situación económica actual ha hecho retroceder algunos de los pasos andados, traduciéndose este caminar hacia atrás como austeridad ante lo superfluo. Está claro que el vano intento de “salir de la crisis” con políticas de recorte en cultura y educación es peligroso, pero considerar que la cultura es mero entretenimiento es producto de una supina estrechez de miras (una leve retrospectiva histórica nos lo mostrará). La brutal recesión que vivimos hace que, ahora más que nunca, corramos el riesgo de traducir ese “recorte cultural” es un trasvase económico hacia el entretenimiento pasivo frente al producto de la creatividad.

Es un hecho empírico la incidencia que en los últimos años la cultura ha tenido en la economía: su peso en el PIB, el número de personas que trabaja en el sector, el número de empresas, pymes, microempresas, autónomos… Luego, la cultura contribuye a la riqueza, al desarrollo económico pero, y más importante aún, a la calidad de vida. Uno de los puntales del desarrollo humano y del estado de bienestar. Y, umbral, punto de partida y caldo de cultivo del pensamiento crítico, única forma posible de pensamiento.

Es cierto que en las últimas décadas la dimensión económica de las actividades, producciones e industrias culturales y creativas han crecido de forma especialmente significativa en la mayoría de las sociedades avanzadas, no sólo en su contribución al PIB o en la ocupación y en la creación de empresas, microempresas, emprendedores culturales, etc. sino sobre todo en su aportación al desarrollo económico y al bienestar. Está claro que “desarrollo económico” es un concepto bastante más amplio que el mero “crecimiento económico”. La cultura y sus manifestaciones no están sujetas, no deben estar sujetas, al estricto y encorsetado cumplimiento de la lógica del mercado. Debe ir más allá: la cultura vertebra territorio y consolida identidad. Nos hace ser lo que somos.

En ese sentido es en el que pretendemos que este post sirva de pequeña llamada de atención ante la tendencia actual al ninguneo de la creatividad y nuestro patrimonio y acervo cultural.

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Un pensamiento en “Profesionalización de la gestión cultural: utopías, recortes y vanidades

  1. Pingback: Fuentes consultadas – Profesionalización de la Gestión Cultural

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